Tenía que decirlo
Hola seguidores de la Rosa, hace un par de días en Benialí, La Vall de
Gallinera (Alicante) cinco jóvenes de 14 años fueron agredidas al grito de “Mariconas”
“Bolleras” “Viva Franco” y “Viva VOX”
La violencia LGTBIfóbica no aparece de la nada: crece cuando los discursos
de odio encuentran espacio
Lo ocurrido en Benialí, en La Vall de Gallinera (Alicante), donde esas jóvenes denunciaron haber sufrido una agresión homófoba durante unas fiestas,
no es un episodio aislado ni una simple “pelea”. Es una nueva señal de alarma
ante una realidad que las personas LGTBI conocemos demasiado bien: el odio
hacia quienes desafían la norma sigue intentando hacerse un hueco en nuestros
espacios de vida.
Cada insulto, cada amenaza, cada gesto de desprecio hacia una persona por
ser lesbiana, gay, bisexual, trans o por vivir su identidad de una forma libre
forma parte de una misma cadena de violencia. Una cadena que empieza muchas
veces con palabras y discursos que algunos intentan presentar como opiniones,
pero que terminan legitimando la exclusión y la agresión.
Porque el odio no nace en el momento del golpe. Antes del golpe está el
mensaje que dice que algunas vidas valen menos.
No es una cuestión de “opiniones”: los discursos de odio tienen
consecuencias
Durante los últimos años hemos visto cómo determinados sectores políticos y
mediáticos han intentado convertir los derechos LGTBI en un campo de batalla.
Han recuperado viejos prejuicios con nuevos disfraces: llaman “ideología” a la
igualdad, presentan la diversidad como una amenaza y cuestionan derechos
conquistados tras décadas de lucha.
Pero la historia demuestra que los derechos nunca se han conseguido
pidiendo permiso a quienes los negaban. El movimiento LGTBI nació de la
resistencia frente a la persecución, la criminalización y la violencia. Desde
las revueltas de Stonewall hasta las actuales movilizaciones por la igualdad,
la respuesta siempre ha sido la misma: organización, solidaridad y orgullo.
Quienes hoy atacan la diversidad no están defendiendo una tradición
inocente; están intentando recuperar una sociedad donde muchas personas tenían
que esconderse para sobrevivir.
Los pueblos también son nuestros
Durante demasiado tiempo se ha querido transmitir la idea de que la
diversidad solo existe en las grandes ciudades. Nada más lejos de la realidad.
Las personas LGTBI viven en pueblos, barrios pequeños y comunidades rurales.
Tienen familias, amistades, trabajos y sueños.
La igualdad no puede depender del lugar donde hayas nacido. Una adolescente
lesbiana en Benialí tiene exactamente el mismo derecho a sentirse segura que
una persona LGTBI en Madrid, Barcelona o cualquier otra ciudad.
Los espacios públicos pertenecen a todas las personas. Las fiestas
populares, las calles y las plazas no pueden convertirse en territorios donde
el miedo gane terreno.
Frente al odio: memoria, orgullo y resistencia
A quienes pretenden que volvamos al silencio les recordamos algo: ya no
estamos solos ni solas. Hay generaciones enteras que han luchado antes que
nosotros para que hoy podamos levantar la voz.
El orgullo no es una
provocación. Es una respuesta histórica a décadas de discriminación.
El activismo LGTBI no busca privilegios; exige igualdad. No busca imponer
una forma de vida; defiende que cada persona pueda construir la suya. No
pretende dividir a la sociedad; quiere acabar con una división injusta que
durante demasiado tiempo dejó a muchas personas fuera.
Lo ocurrido en Benialí debe investigarse y debe tener respuesta. Pero
también debe servir para algo más: para recordar que los derechos conquistados
nunca están garantizados si dejamos que el odio avance sin contestación.
Frente a la violencia, comunidad.
Frente al silencio, orgullo.
Frente al odio, antifascismo y solidaridad.
Porque una sociedad libre no es aquella donde algunos pueden vivir sin
problemas; es aquella donde nadie tiene que esconderse para poder vivir.
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