De Sonia Rescalvo a Samuel Luiz y Miguel: tres nombres, una violencia que no podemos normalizar
Hay nombres que una comunidad aprende a pronunciar con dolor. Sonia.
Samuel. Miguel.
Tres personas, tres historias distintas y separadas por décadas, pero un mismo
interrogante que vuelve una y otra vez: ¿qué ocurre cuando ser, parecer
o vivir como una persona LGTBI puede convertirte en un objetivo de la
violencia?
Recordar estos asesinatos no significa afirmar que todos respondan a la
misma motivación. Significa algo más incómodo: preguntarnos qué patrones de
violencia, exclusión y deshumanización se repiten y qué responsabilidad tenemos
como sociedad para impedir que vuelvan a suceder.
Sonia: cuando el odio tenía botas y uniforme
La madrugada del 6 de octubre de 1991, Sonia Rescalvo Zafra, una mujer
trans de 45 años, dormía en el parque de la Ciutadella de Barcelona junto a su
compañera Dori. Un grupo de jóvenes neonazis las atacó brutalmente. Sonia murió
y Dori sobrevivió gravemente herida.
Aquel asesinato se considera el primer crimen contra una mujer trans por el
mero hecho de serlo del que se tiene constancia en nuestro país, y se convirtió en un símbolo de la violencia
transfóbica en España. La propia documentación del Ayuntamiento de Barcelona lo
recoge como un asesinato cometido por un grupo neonazi en el que confluyeron la
transfobia y la aporofobia.
Pero hay algo especialmente importante en la historia de Sonia: no
fue solamente una víctima individual. Su asesinato obligó a mirar de frente
una violencia que durante demasiado tiempo había sido considerada casi
inevitable cuando afectaba a personas trans, pobres, sin hogar o dedicadas al
trabajo sexual.
En 1991, además, el ordenamiento jurídico español todavía no reconocía la
identidad de género como una circunstancia discriminatoria que pudiera agravar
un delito. La lucha social alrededor del caso de Sonia contribuyó a hacer
visible la necesidad de reconocer que determinados crímenes no pueden
entenderse al margen del prejuicio que los alimenta.
Sonia Rescalvo Zafra nos recuerda que la violencia LGTBIfóbica no nació
ayer.
Samuel: el odio que todavía puede matar en plena calle
Treinta años después, el 3 de julio de 2021, Samuel Luiz fue asesinado en A
Coruña después de una agresión grupal.
Samuel tenía 24 años.
Durante el ataque, según los hechos considerados probados judicialmente,
uno de los agresores actuó movido por su animadversión hacia la homosexualidad
que atribuía a Samuel. El Tribunal del Jurado apreció la agravante de
discriminación por orientación sexual
.
En diciembre de 2025, el Tribunal Supremo confirmó las condenas de entre 20
y 24 años para los tres autores y mantuvo la agravante por discriminación por
orientación sexual.
Samuel no murió en una calle oscura y apartada. Murió en el espacio
público, rodeado de gente.
Y eso fue precisamente lo que hizo que su nombre recorriera el país: porque
para muchas personas LGTBI resultó imposible no reconocerse en una pregunta
aterradora.
Si esto le puede pasar a Samuel, ¿quién está realmente a salvo?
Miguel: una investigación que todavía exige respuestas
Ahora aparece el nombre de Miguel.
Un joven gay de 27 años que murió en Alicante después de una agresión
ocurrida en la madrugada del 13 de agosto, en las inmediaciones de una parada
del TRAM de Playa de San Juan. El presunto agresor, de 22 años, quedó en
libertad con medidas cautelares y la causa continúa abierta por
homicidio.
Aquí debemos ser rigurosos.
No está acreditado judicialmente que la muerte de Miguel fuera un crimen
homófobo. La Policía no ha apreciado hasta ahora indicios de homofobia y el
juzgado investiga los hechos como un posible homicidio. Al mismo tiempo, la
asociación Alicante Entiende pidió investigar una posible motivación homófoba y
el Ministerio de Igualdad ha solicitado a la Fiscalía que valore esa
posibilidad.
La prudencia no significa silencio.
Tampoco significa convertir una hipótesis en una certeza.
Significa exigir que todas las hipótesis relevantes sean
investigadas con rigor, incluida la posibilidad de que la orientación
sexual de Miguel haya tenido alguna relación con la agresión.
Porque investigar un posible crimen de odio no es prejuzgar. Es
precisamente lo contrario: intentar descubrir qué ocurrió realmente.
Tres casos que no son iguales, pero que sí nos interpelan
Sonia, Samuel y Miguel no pueden colocarse mecánicamente en el mismo saco.
Sonia fue asesinada en un ataque de un grupo neonazi contra personas trans
y en situación de extrema vulnerabilidad.
Samuel fue víctima de una agresión grupal en la que los tribunales han
acreditado una motivación discriminatoria por orientación sexual respecto de
uno de los condenados.
En el caso de Miguel, esa motivación todavía está por determinar.
Precisamente por eso debemos hablar de ellos juntos sin falsear sus
diferencias.
Lo que los conecta no es necesariamente una idéntica autoría, una idéntica
ideología o una idéntica motivación. Lo que los conecta es la necesidad de
preguntarnos qué lugar ocupa la LGTBIfobia en la violencia que sufren nuestras
comunidades y qué sucede cuando una persona es percibida como diferente,
vulnerable o disponible para ser atacada.
Hay otro elemento común especialmente importante: el espacio
público.
El parque de la Ciutadella.
El paseo marítimo de A Coruña.
Una parada del TRAM de Alicante.
Lugares cotidianos. Lugares por los que cualquiera puede pasar.
La libertad LGTBI no consiste únicamente en que podamos existir dentro de
nuestras casas, en nuestras asociaciones o en determinados barrios y locales.
Consiste en poder caminar por una calle, esperar un tranvía, volver de fiesta o
dormir en un lugar sin que nuestra identidad nos convierta en un blanco.
No queremos vivir con miedo
Durante décadas, las personas LGTBI hemos aprendido a reconocer señales.
Miradas.
Insultos.
Amenazas.
Bromas que no son bromas.
El consejo de caminar acompañadas.
El gesto de bajar la voz.
La decisión de no coger de la mano a nuestra pareja.
La pregunta silenciosa de si aquel grupo que viene de frente es simplemente
un grupo de desconocidos o un posible peligro.
Eso también es violencia.
Porque un crimen de odio no empieza necesariamente con un golpe. Muchas
veces empieza mucho antes: cuando una sociedad tolera que determinados cuerpos
sean ridiculizados, determinados afectos sean despreciados y determinadas vidas
sean consideradas menos dignas de protección.
Por eso recordar a Sonia no es vivir anclados en 1991.
Recordar a Samuel no es reabrir una herida de 2021.
Y hablar de Miguel ahora no significa esperar a que exista una sentencia
para reaccionar.
Significa decir que cada vida LGTBI importa antes, durante y
después de un procedimiento judicial.
Justicia, memoria y prevención
Necesitamos investigaciones rigurosas. Necesitamos policías y jueces
capaces de detectar los delitos de odio. Necesitamos estadísticas fiables.
Necesitamos acompañamiento a las víctimas y a sus familias.
Pero también necesitamos algo que va mucho más allá de los tribunales:
educación, prevención y una cultura pública que no convierta la diferencia en
una provocación.
Sonia se convirtió en memoria.
Samuel se convirtió en un grito colectivo.
Miguel nos obliga hoy a mantener abiertas las preguntas.
Que esa cadena no termine en otro nombre.
Porque la memoria LGTBI no debería consistir únicamente en recordar a
quienes perdimos.
También debe servir para construir un mundo en el que nadie tenga que morir
para que finalmente entendamos que el odio era real.
Por Sonia.
Por Samuel.
Por Miguel.
Y por todas las personas LGTBI que todavía tienen miedo de caminar
libremente por la calle.
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